¿Cómo acabé aquí?
Mi historia con Linux es de lo más común. Aunque conocía de su existencia, no tenía un interés real ni comprendía sus implicaciones. Durante un curso, me vi obligado a utilizar Ubuntu, que fue mi primera toma de contacto con este mundo. Tras realizar varias actividades y familiarizarme con algunos comandos básicos, empecé a manejarme, pero sin entender la historia, las posibilidades ni la magnitud global de Linux.
Con el tiempo, mi curiosidad por la informática hizo que comenzara a recibir contenido relacionado: artículos, vídeos y memes. Poco a poco, la idea de “Linux” se instaló en mi cabeza. Al finalizar aquel tema en clase, dejé de tocar una terminal —salvo la de IntelliJ IDEA— o cualquier cosa relacionada con este sistema. Sin embargo, llegado el verano, la idea de probar Linux por cuenta propia volvió con fuerza. Tras investigar, categoricé mis opciones:
- Linux Mint: La opción windows-friendly. Perfecta para quien no quiere abandonar su zona de confort nada más empezar.
- Ubuntu: El estándar de la industria. No es tan intuitivo como Mint, pero es sólido como una roca.
- Fedora: Vendido en ciertos círculos como el hermano personalizable de Ubuntu.
- Debian: Un sistema robusto y serio. No apto para impacientes, pero extremadamente fiable.
- Arch: El “lo amas o lo odias”. Flexible hasta lo impensable, pero exigente y con una curva de aprendizaje vertical.
Decidí empezar por Mint. Era el camino lógico tras años en Windows. Mint es una distribución increíble —nada de desprestigios—, pero al cabo de una semana, en mi búsqueda de algo más “potente” y “personalizable”, decidí eliminarlo. Salté a Fedora, donde sufrí un calvario de instalaciones fallidas y errores de inicio. Tras dos días de frustración intentando que funcionara, y con una envidia sana (que intentaba ocultar) por los rices que veía en r/unixporn, decidí tomar el camino directo: Arch Linux.
Instalando Arch…
Aunque iba con pies de plomo —temeroso de la fama que tiene Arch de romper el sistema si no sabes lo que haces—, no pude evitar llevarme por delante mi instalación de Windows. Sí, decidí configurar un dual boot desde el primer momento “por si acaso”, pero terminé reinstalando Windows tres veces. A día de hoy, sigo sin entender cómo pude liarla tanto.
He de reconocer —y sé que para muchos usuarios es un pecado capital— que en las últimas dos ocasiones utilicé el script archinstall. Es una herramienta fantástica que facilita enormemente el proceso para usuarios novatos. Una vez superada la instalación, ya tenía echado el ojo a mi gestor de ventanas: Hyprland. Este proyecto, desarrollado y mantenido por Vaxry, me llamó la atención desde el primer minuto.
El agujero de conejo: Rice
Durante las primeras semanas, mi objetivo principal era aprender: entender la paquetería oficial (pacman), navegar por el AUR con yay, y familiarizarme con el ecosistema de Linux. No apliqué ninguna personalización. Aunque me moría de ganas por tener algo estéticamente único, preferí consolidar mis conocimientos básicos primero.
Cuando finalmente me sentí preparado para mi primer rice, descubrí que la realidad estaba un poco más allá de mi alcance técnico actual. Intenté crear algo básico, pero el resultado no me convenció. Decidí tragarme el orgullo y buscar inspiración externa. Fue entonces cuando, en el momento justo, se publicó Caelestia en r/unixporn. Me fascinó por su uso de quickshell. Decidí adoptarlo y, hasta hoy, sigue siendo mi base. Le he hecho mis propios retoques, pero su estructura permanece intacta. Sé que algún día me lanzaré a crear mi propio rice desde cero, pero también sé que, cuando lo haga, me obsesionaré hasta el último píxel, y eso es algo que, por ahora, requiere un tiempo del que no dispongo.
Mi opinión, consejos y recursos
SOON!
